Testigos del Amor de un sacerdote urbano

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Chichachoma dejó su vida para los más sufridos de los hijos de Dios en los barrios de la Merced, la Candelaria, Tacubaya y donde hubiera quienes estaban atados por cadenas de miseria, adicción, abandono y desamor.

Murió en 1999 y apenas hace unos días, caminando por una calle en la que por azar llegué, encontré este altar pintado en el muro, donde alguien recuerda al sacerdote, misionero, testigo del amor de Dios.

De él se dice que fue “Pastor al estilo de Jesús, conviviendo con sus ovejas descarriadas, comiendo con pecadores, vistiendo al harapiento, visitando al encarcelado mientras buscaba su liberación, dando de comer austeramente al hambriento advenedizo, hospedando con pobreza y tibio corazón al callejero, guiando de las cañadas oscuras a los valles dorados de vida y trabajo digno a la grey que su Señor le confió.

Se comprometió a transformar los rostros de sus “hijos” como así los llamaba, esos rostros deformados, desilusionados, resentidos y de delincuentes —quizá—, en rostro digno, de hijos de Dios”.

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