Estrategias pastorales

Una ciudad será más urbe en la medida en que satisfaga estas tres características. Sin embargo, aunque la ciudad cuenta con estas respuestas, evidencia una doble dinámica: al mismo tiempo que necesita de la sujeción de todos sus habitantes para este funcionamiento, excluye a la mayoría de ellos de la posibilidad de conseguir esta triple realización.

La persona, al no sentir que la ciudad le responde, no la entiende y la experimenta como “caos”.

La inclusión/exclusión y la experiencia del “caos” llevan a la persona a buscar asirse de otro tipo de espacios o momentos (lugares, personas, grupos) que le permitan o ayuden a reordenar su caos y a transformarlo en “cosmos”. Así:

A nivel familiar, amplía el concepto de familia, desdoblándola, ampliándola: tía, abuela, hija mayor.

A nivel social, amplía las “relaciones primarias”: la red de “seguridad social”: multiplicación de compadres/comadres, la fiesta, el “chupe” semanal con los cuates, la “gorra”

A nivel económico, en torno al deterioro de la vida, por el que la gente “gana” más y come peor, el hambre impele a la tanda, a la vaquita, ala que presta, al Monte de Piedad.

A nivel territorial, o sea, en la “entidad social” don-de uno realiza lo vital de su vida cotidiana: la satisfacción de los servicios básicos, el parquecito, la tiendita, la lechería

A nivel religioso, el santito milagrero, la aparición, la manda, la peregrinación.

A nivel recreativo, la cascarita en la calle, la gorra semanal, la esquina de la calle, el billar, el salón de baile…

Reto 1: Descubrir los espacios (personas, lugares) en donde el citadino reordena su experiencia de “caos”.

Reto 2: Generar o potenciar estos espacios alternativos en los que el citadino excluido entiende (está entendiendo) el por qué de su “caos” y en donde encuentra (está encontrando) respuestas alternativas para satisfacer distintos niveles vitales alimentación, salud, dinero, vivienda, transporte, comunicación.

La Iglesia de la ciudad generalmente no ayuda al citadino en esta alternatividad: el Evangelio no le suena a “buena noticia para los pobres” y no espera que las estructuras eclesiales respondan a su necesidad vital. De ahí que intente otras búsquedas.

Si es recién llegado a la ciudad, regresa periódica-mente a su pueblo de origen a revitalizarse con motivo de la fiesta patronal o de los muertos; si es hijo de migrante, se adhiere a grupos religiosos sectas que le ayudan efectivamente a sobrellevar el caos y, en diferentes formas religiosas, se lo convierten en “cosmos”; reinventa nuevos ritos urbanos religiosos y seculares que le permitan ser alguien identificarse a sí mismo en medio de una ciudad que lo tiene en el nivel de nada y nadie: XV y 3 años, fin de cursos, aniversarios de bodas, graduación de kinder o primaria, ermitas callejeras, mañanitas a la Virgen, bautizar, primera comunión; y seculares: tener video, TV a colores, compact, burlas de los políticos, rito funerario, responde al caos con violencia.

Reto 3: La Iglesia debe tomar más en cuenta los ritos religiosos populares, tanto los agrarios como los urbanos, a fin de generar desde ahí un anuncio más liberador.

Reto 4: La Iglesia debe descubrir los ritos seculares que dan identidad a la persona, a fin de discernir su cercanía a los valores del Reino y, en consecuencia, unirse a ellos para potenciarlos.

La ciudad, interlocutora

La ciudad que “habla”

La ciudad habla más simbólica que verbalmente. Es un hablar absoluto y dominante. Impone una manera de pensar y actuar a través de los medios masivos dominados por unos cuantos, no sólo dentro de la propia ciudad, sino a nivel nacional y a veces mundial. La ciudad será más urbe en la medida en que tenga este impacto cultural. En nuestro caso concreto, la cultura dominante es el american way of life. Los valores de esta cultura se imponen como valores dominantes que, al ser aceptados por la mayoría, se transforman en ambiente. Otros valores culturales, vividos por ciertos sectores o minorías, son descartados como ideales, y así, se convierten en ambientes secundarios.

Sin embargo, la ciudad sigue siendo heterogénea. Esto produce los estratos, en donde “los de arriba”, que personalizan la forma urbana de vivir, necesitan y excluyen a los de abajo, como si su rebajamiento infrahumano fuese necesario para que exista su “mundo feliz”, para ser “gente bonita”. La ciudad necesita de desechos humanos, de la “hecificación” de alguna gente.

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